Agricultura Urbana,El rencimiento segun Detroit,
Autor.Mario Antonio Santucho,,Revista 4 de Crisis
U bicada en el extremo norte del país
imperial, Detroit representa algo así
como el fin de los tiempos modernos. Allí
se vive la desolación postindustrial con
total realismo. La pregunta que sobrevuela
por sus desérticos suburbios, es si algo
habrá de nacer más allá de toda imagen
del progreso. Y fue una filósofa de 95 años,
hija de inmigrantes chinos, fogueada en
la primera línea de muchísimas batallas
sociales, quien se encargó de anunciarnos
el germen que se incuba en la particular
madurez de esta urbe, bajo el aspecto de la
peor de las pudriciones.
Grace Boggs se radicó en la ciudad a
mitad del siglo pasado, cuando la población
local superaba los dos millones
de habitantes, luego de doctorarse en
filosofía en Nueva York. Por ese entonces el
incipiente movimiento negro peleaba por
ingresar a las fábricas y la Gran Depresión
era sólo un mal recuerdo para los trabajadores
blancos pero seguía causando
estragos entre los de color, a quienes los
industriales no pensaban contratar. “Por
eso Philip Randolph organizó la Marcha
a Washington. Roosevelt se estaba preparando
para entrar a la guerra con Alemania
afueras, consolidando un nuevo modo de
segregación. En 1967 la que había llegado
a ser la quinta ciudad norteamericana,
explotó. Cuenta Grace que “los medios y
los políticos lo llamaron motín (riots). En
cambio nosotros lo llamamos rebelión.
Ese fue el momento clave en la historia reciente
de este país. Cuando uno recorre la
ciudad hoy en día y ve los espacios vacíos
y las casas abandonadas, tiene que pensar
en los cambios en las relaciones entre
blancos y negros, y en las transformaciones
de la industria automotriz, que comenzó
a decaer precisamente en el momento en
que los negros accedieron a trabajar en las
fábricas”.
Ella resultó ser una testigo privilegiada,
en cierto modo una anticipadora, de
aquella salvaje insurrección. Apenas un
año antes, en abril de 1966, publicó junto
a James un artículo en la revista Monthly
Review, titulado “La ciudad es la tierra del
hombre negro (the Black Man´s Land)”,
donde proponían repensar la producción y
la existencia urbana más allá de la segmentación
capitalista.
El origen del levantamiento fue una razzia
policial en cierto club nocturno donde
solía reunirse el activismo negro. Y sólo el
arribo de las tropas federales recién llegadas
de Vietnam, con sus tanques Patton y
sus helicópteros Huey, pudieron contener
la sacudida una semana después. Cuando
el humo finalmente se disipó, quedaron
1300 edificios incendiados, 2700 negocios
saqueados, 7231 personas fueron arrestadas
(de las cuales 6407 eran negros), 386
resultaron heridas y 43 murieron.
Fertilidad en el desierto
Casi 45 años después, Detroit debe ser uno
de los pocos lugares de Norteamérica donde
la crisis global no sólo provoca miedo
y pronósticos catastróficos. Aquí también
el sobresalto ensombrece la mirada de los
más afectados, especialmente los latinos,
cuando intuyen el derrumbe del sistema
de cálculos que sostiene sus vidas en
movimiento. Aquí también hay un ciego
voluntarismo que entusiasma a quienes
se agarran con uñas y dientes del precario
festival crediticio, como si los reiterados
desbarajustes financieros fueran algo
meramente pasajero. Pero lo que distingue
esta ciudad del resto, es que se están
experimentando nuevos modos de vida
en ruptura con el sistema de ilusiones del
capitalismo neoliberal.
Grace resume al vuelo lo que a cualquier
otro le costaría horas explicar:
“Chrysler empleaba 70000 trabajadores en
1953. Con la automatización, la industria
reemplazó obreros por robots y descentralizó
las empresas, que se trasladaban al sur
para buscar fuerza de trabajo más barata.
Cuando los jóvenes negros no pudieron
ya conseguir empleos en las fábricas,
empezaron también a dejar la escuela y
se dedicaron a vender droga en las calles.
Allí comenzó todo un ciclo de violencia
y de éxodo, que redujo la población de la
ciudad a menos de un millón de habitantes.
En 1973 elegimos un alcalde negro
por dos razones: porque los negros lo
querían, pero también porque los blancos
se dieron cuenta que un alcalde blanco ya
no lograría imponer orden en la ciudad. Se
llamaba Coleman Young y era un hombre
fuerte, inteligente y de izquierda. Él puso
una persona negra a cargo del departamento
de policía, una persona negra a
cargo del departamento de bomberos. Sin
embargo, no pudo hacer nada para influir
en lo que estaba pasando en la industria.
Su respuesta, ya en los años ochenta, fue
traer casinos a la ciudad para reemplazar
la producción automotriz con la industria
del juego. Así pensaba crear trabajos para
los desocupados. Entonces mi marido y yo
dijimos: tenemos que hacer algo diferente,
tenemos que redefinir y reconstruir
Detroit. Re-espiritualizarla desde abajo. Y
quienes deben hacerlo son los jóvenes. Por
eso creamos en 1992 un programa que se
llama Detroit Summer. Y convocamos a los
viejos líderes en la comunidad afroamericana,
que la mayoría provenía del sur,
para sembrar jardines públicos y enseñar
a los más jóvenes como hacerlo. La idea
disparó un nuevo movimiento para plantar
nuestra propia comida, para pensar otro
Detroit autosustentable contra la industria
impuesta por el agro-business. La idea
es establecer una nueva relación con las
comunidades en los barrios.”
El resultado es un movimiento de
agricultura urbana que crece raudo y ha
comenzado a extenderse a otras ciudades
del país. Por cada empresa de agrobusiness
hay cien “jardines públicos”, como
le llaman aquí a las huertas dedicadas al
autoconsumo que fueron establecidas en
terrenos comunes, en los lotes y las casas
abandonadas. Grace interpreta que si el
pueblo ha empezado a cultivar su propio
alimento no es sólo porque la comida
que proviene de la industria alimenticia
genera un montón de enfermedades, sino
también porque estamos en transición
hacia un nuevo modo de vivir. Entonces
su discurso incursiona en otro tipo de
temporalidad: “estamos viviendo un cambio
de época en relación a lo que sucedió
hace 11 mil años, cuando pasamos de ser
cazadores a ser agricultores; y luego, hace
apenas 400 años, cuando pasamos de agricultores
a industriales. En ese momento
el capitalismo convirtió a la tierra en lotes
para vender, el trabajo en mano de obra y
las personas en mercancías. Hoy estamos
frente a un nuevo ciclo: los lotes vuelven a
ser tierra común, la mano de obra se revela
como trabajo colectivo y comenzamos a
imaginar otra manera de ser humanos.
Nuestras mentes están cambiando. Y eso
está pasando en Detroit. Esto no es una criy
no podía tolerar mucho desbarajuste,
así que firmó un decreto donde decía que
los antiguos esclavos podían trabajar en
la fábricas y eso cambió la historia de este
país completamente”.
Grace pronto fue cautivada por la
particularidad vitalidad de los negros. La
atracción no era sólo intelectual. Ni bien
llegó a Detroit, ella se casó con James
Boggs, laburante de la Chrysler, quién más
tarde se convertiría en uno de los principales
dirigentes del black power. James se
dio cuenta que la automatización fabril
generaba una situación extremadamente
conflictiva, pues en el mismo momento
que la composición de la clase obrera se
oscurecía las automotrices comenzaban
a expulsar mano de obra y a exigir masivos
desplazamientos de los trabajadores.
Como suele suceder, las transformaciones
en la producción son a la vez el efecto y la
causa de la conflictividad social en ciernes.
En los años sesenta la tensión desbordó
las inmensas factorías y se derramó sobre
el territorio metropolitano. El arribo de
los negros a los barrios céntricos coincidió
con la construcción de autopistas que
permitieron a los blancos irse a vivir en las
sis económica solamente, es una profunda
transformación humana.”
Poco a poco la ciudad que fue primero
capital de la industrialización y luego
símbolo de la decadencia de la sociedad
de bienestar, comenzó a ser mirada por
muchos intelectuales y activistas como un
ejemplo de la sociedad pos-industrial. “La
pregunta que nos hacemos es: ¿vivimos
el final de nuestros sueños o asistimos
al recomienzo de una era? Nosotros lo
que decimos es que si estás dispuesto a
empezar de nuevo, aquí puedes construir
un nuevo mundo y ser parte de este recomienzo.
Y a los jóvenes les avisamos que
las casas que en otro lado cuestan 80 o 100
mil dólares acá las puedes comprar por 10
mil. Si quieres conocer de qué se trata la
nueva revolución estadounidense, pues
ven a Detroit.”
Insolente madurez
Tal vez nuestra anfitriona se percata del
riesgo que supone cierto localismo estrecho
y, vieja zorra, pega un salto geográfico:
“lo que pasa hoy en Argentina es parecido
a lo que pasó aquí y en Europa cuando
llegaron los agro-business: compraron la
tierra y desalojaron a las personas hacia
las ciudades. En ese movimiento la gente
perdió tanto su futuro como su historia.
En casi toda Latinoamérica se constata
la migración de personas del campo a las
villas miserias (slums). Nuestra idea es,
siguiendo esos desplazamientos, que el
campo penetre en las ciudades. Pero el
trabajo que proponemos no es sólo sembrar
y cosechar, sino que supone también
un trabajo mental para recrear aquellos
mundos perdidos. La relación entre el
campo y la ciudad ha estado siempre en el
corazón de todas las revoluciones.”
La referencia nos permite mencionarle
la potencia que adquirió lo indígena en el
cono sur de América durante los primeros
años del nuevo siglo. Sin embargo, en
nuestros países hay quienes consideran
ese resurgir como una posibilidad para
recuperar algún pasado idílico. Frente a
tales consideraciones, Grace se muestra
inflexible: “yo pienso que la gente está
haciendo esto por necesidad. Pero la
diferencia aparece cuando no es solamente
una cuestión de necesidad, sino que
hacemos el esfuerzo histórico y filosófico
de interpretar lo que está pasando cuando
está pasando. Y es muy importante que
el mundo lo conozca, porque nuestra
abundancia, nuestro consumismo, nuestra
riqueza, fue creada explotando otros pueblos
en el mundo. Este país nació hace 200
años, cuando el crecimiento económico
era decisivo para la humanidad. Tomamos
la tierra de los indígenas y como teníamos
una población relativamente pequeña
importamos esclavos y explotamos a los
afro-americanos. Y luego continuamos
explotando al mundo entero. El mundo
lo sabe. Por lo tanto, no sólo tenemos que
cambiar el modo en que vivimos porque
está destruyendo (jepardaizing) el planeta,
sino que tenemos que saber que no es
posible seguir exprimiendo a las personas.
El atentado de 2001 fue la señal de alerta.
Pero el país no se preguntó que pasó ese 11
de septiembre y eligió lo más fácil: embarcarse
en la guerra de Afganistán, de Irak,
y ahora el Imperio está muriendo. En ese
sentido, esta revolución nos exige transformarnos
a nosotros mismos al tiempo
que transformamos nuestras instituciones.
Nuestra revolución no es para obtener
más, es para reconocer a lo que hemos
llegado expoliando a otros pueblos a través
de los años”.
El razonamiento geopolítico cobra a
esta altura un giro irónico: “hoy muchos
piensan que el imperio está en crisis, pero
la mayoría cree que la novedad viene
desde China. Yo digo que lo nuevo está en
Detroit. Nosotros consideramos a Detroit
la Chiapas de Norte América”. El sur de
México se enlaza así con el extremo norte
de los Estados Unidos. Sin embargo, no
todas son continuidades. Hay también cortes
dolorosos que deben ser asumidos, sin
nostalgia. La respuesta a nuestra pregunta
sobre si el black power posee algún tipo de
actualidad resulta tajante: “está muerto. La
gente que todavía piensa en “negro” está
muy estancada. Los movimientos de los
años setenta fueron habitualmente vistos
como fracciones identitarias (negros, mujeres,
gays), pero lo que realmente buscaban
era una redefinición de la identidad
humana. Coronel West es probablemente
el intelectual afroamericano más importante
y reconocido hoy en día (apareció
en The Matrix), pero a mí no me interesa.
Lo que pasó con el movimiento negro
es que fue muy exitoso. Entonces West
comenzó a ser invitado a todos lados y él
se preocupaba por agradar a la audiencia.
Así perdió toda capacidad crítica. Vivimos
un momento histórico muy turbulento.
Las cosas cambian muy rápido y uno no se
puede quedar estancado en el pasado. Por
eso es bueno vivir en Detroit.”
En cuanto a Barack Obama: “yo creo
que no tiene ni idea. Él es demasiado
Harvard, se mueve en la clase alta, le
gusta ser cool. En ningún caso proviene
de las luchas de las comunidades afroamericanas.
Su esposa, Michelle, es un
poco más interesante. Pero él es un cautivo
de los economistas y del Departamento de
Defensa. Es triste, pero así es la historia.
Yo voté por Obama por complicidad con
la gente joven que trabajó en su campaña.
Ellos son los que tienen que aprender. Y
el gobierno perdió las elecciones de 2010
porque los jóvenes no lo votaron. Nosotros
tenemos muchas experiencias de gente
que se ha vuelto parte del gobierno y el
poder los absorbe. Es por eso que nuestra
idea de revolución tiene que cambiar. Ya
no se trata de tomar el poder, tenemos que
cambiar nuestro concepto de revolución.”
Esta anciana que apenas puede caminar
y habita entre los restos de una ciudad
arruinada, entona de manera convincente
el pronóstico de un renacimiento universal.
En sí misma ella es una inmensa
paradoja, que carga con un mensaje
sencillo: sólo quién accede a cierto grado
de madurez, consigue entrever la posibilidad
del recomienzo. “Yo tengo 95 años,
he vivido por mucho tiempo, nací en la
primera guerra mundial y llevo 60 años en
Detroit. Cuando vives tanto, tienes mucho
para pensar.” | |
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